jueves, 17 de mayo de 2018

JHATOR

8Hertz




El deseo era el germen inconsciente de un amor profundo. 
Catherine Millet





Los animales se aparean, copulan.

Nosotros no sabemos si follamos, fornicamos o jodemos,

si cursimente hacemos el amor

o nos devoramos como los buitres 
devoran los cadáveres
en el ritual tibetano del Jhator.



Lo cierto es que fallecemos

y el alma es un aliento unísono, jadeante

que se desprende hacia fuera.



Nuestro rito guarda un secreto oculto:

el germen inconsciente de un amor profundo.



(Vonlenska. Una historia finita. Piedra Papel Libros, 2018)

jueves, 10 de mayo de 2018

De la faz de la tierra

Adams Carvalho

En mi maleta llevo todas mis pertenencias. El resto no importan. Me basta con comer cada día, al menos dos veces, y dormir en un colchón que no me haga hincarme en el suelo las caderas. Llevo mucho sin follar, llevo mucho sin sentir unas manos cálidas acariciando mi cuerpo con deseo. Pasó algo. No quiero recordar el qué, desde entonces el sexo es una mierda asquerosa que me hace tragar cristales. Pongo las noticias y no ayudan a aliviar el dolor. Por el contrario, acrecientan el odio, el pozo seco, la angustia. Pasaron muchos algos. 

Recuerdo estar tendida en una tumbona en una terraza de un patio andaluz, recuerdo su cuerpo a mi lado acariciándome el pelo. Olor a naranjo y a agua de piscina. Recuerdo estar tirada en una cama de una zona de interior, seca; recuerdo un cuerpo encima del mío, recuerdo las sacudidas, el líquido en mi barriga, el llanto, la ducha, la esponja, las rodillas de cuclillas, mis propios brazos agarrándome, como replegándome. Recuerdo estar sentada en el rellano de una huerta, enfrente él hablándome de cómo dejar su trabajo de mierda, de cómo ganarse la vida con el camión de su viejo, sus ojos, con ternura y resignación, fijos en los míos, soberbios y vidriosos. Olor a agua del pozo, a agua del riego de pimientos, tomates y berenjenas. Pero he dicho que no quería recordar el qué. No. No quiero recordar qué pasó.

En la habitación en la que escribo esta pequeña nota hay una biga enorme de madera. He comprado una cuerda. Mi hermano mayor me enseñó hace unos años cómo atar un nudo de ahorcado. Me enseñó en primavera, con una pequeña cuerda de jardín amarilla. Una nunca sabe cuando le va a servir eso que le enseñaron hace tiempo y que aparentemente no tiene ninguna utilidad. En la cama de un hostal roñoso de Castilla hay un cuerpo inconsciente de un hombre. He tachado de la lista un nombre. He optado por hacer del recuerdo una convicción absoluta de razones. 

Aún me quedan cinco nombres más que borrar.





lunes, 16 de abril de 2018

Me marcho


 
Susana Marcos Figueroa



Hoy llueve a raudales, parece que el tiempo, tras una larga temporada de calor y sequía, da tregua a mis venas hinchadas y me regala un día acorde a mis propias necesidades fisiológicas y también sentimentales. Demasiado calor para mi propio llanto.

Me marcho. Llevo haciendo las maletas desde hace un año y medio, todas las noches sueño cómo cargar los libros de las estanterías para transportarlos, la ropa no aparece en mis sueños, solo los libros. Ahora tengo todas las maletas llenas de ropa. No voy a dejar nada. Absolutamente nada. No quiero volver. Cuando vivíamos en el otro piso me marché cosa de tres veces, una de ellas vino L. con el coche y me ayudó a cargar todo, absolutamente todo. El hombre no se dio ni cuenta, yo volví con el dolor en las tripas y las lágrimas en los orificios de dentro de la sien, por tres veces. Claro que el hombre no se dio cuenta de nada. Eran otros tiempos, que se me antojan lejanos y cercanos a partes iguales. Aún así siguen ahí, dolor y lágrimas. He aprendido a que el dolor sea un mero latido constante en la tripa, las lágrimas vienen cuando menos las espero. Si veo un programa de televisión sobre el dolor ajeno, brotan sin llamarlas, si estoy sola las dejo salir a sus anchas, si estoy en compañía freno el caudal y las hago regresar al sitio de donde vinieron, aunque no siempre lo consigo, estoy perfeccionando la técnica. A casi todo se aprende, a fingir ser lo que no eres también. 

Aún así ya no tengo nada que hacer aquí. Todo el tiempo necesario lo he gastado. El plan no ha salido en absoluto como yo lo pensé en su primer día. Y es que pensé que el trabajo que haría aquí sería menos duro, mucho más sencillo y agradecido e incluso llegué a querer quedarme. Hoy ese pensamiento se ha esfumado. No existe. Por eso me voy de aquí. 

He contactado con C., nos vamos. Voy a empezar de nuevo. Tiene la caravana preparada para un largo viaje. Nos vamos a la costa. No sabemos muy bien el recorrido final. Pero nos vamos, eso lo tenemos bien claro. Vamos a empezar de nuevo las dos. Hemos pensado sacar un poco de pasta con los títeres. Hacer una gira improvisada, como antaño hacían gitanas y gitanos, por los pueblos de la costa. Llevamos tiempo hablándolo y sabemos que tampoco necesitamos mucho dinero para vivir. Sí, para vivir, no pretendemos sobrevivir a nada, pretendemos vivir de una maldita vez. Sentir el aire fresco rozando nuestra cara, quedarnos saboreándolo y que ningún gilipollas venga a decirnos que estamos chaladas y que hacemos cosas raras. 

Se que echaré de menos al hombre, las tres veces que volví lo hice por eso mismo. Pero ahora es diferente, ahora se con certeza que nada cambiará. Las personas que viven demasiado tiempo solas han aprendido a vivir con sus fantasmas y no pueden desprenderse de ellos. Les es difícil reblandecer la gruesa piel que les penetre. En el fondo no se si es algo a admirar. Yo lo he intentado todo y temo que si me quedo aquí el tiempo se me consuma y acabe siendo la ceniza de una colilla regastada. Ya estoy empezando a sentir los calambres en las manos. El médico dice que me queda poco tiempo de vida. No se lo he dicho a nadie, nadie necesita saber que me muero antes de lo esperado. Solo yo. Solamente yo lo necesito. Aunque eso no cambia nada de mi decisión, ni la ha acelerado ni la ha atrasado. Todos morimos antes o después, y lo que somos no lo determina que permanezcamos más o menos tiempo aquí. 

Me voy. Otra vida más guardada en las paredes de la memoria. Otro trago más de vino que me haga regresar tanta pérdida al estómago. Otro arsenal de agua salada al pozo de mi garganta. Otra mirada limpia al horizonte diciéndome incansablemente: vamos a poder con todo, es hora de empezar sobre lo ya empezado. Otro hombre. Otro duelo. Solo que ahora a mi lado tengo a C., a la mujer, esa que nunca he dejado que me atraviese las paredes gruesas que hagan desaparecer todos mis fantasmas y a mi. También después de mucho tiempo, me tengo a mi. 



miércoles, 27 de diciembre de 2017

Selvática oscuridad.





Agoera

En la inmensa selva. Madrid. Habitar de forma instantánea. La oficina, las luces que deslumbran mis ojos, la calefacción demasiado alta. Llamada. Llamada. Llamada tras llamada. Gracias por llamar al B.S. 

Compañeros de trabajo que no conoces aún, que no sabes si te caen bien, algunos no sabes si tienes que soportarlos por mera supervivencia o si simplemente asumes que no hay más opción. Compañeros con los que tienes cierto vínculo que tienen un horario distinto, que trabajan en otra planta, que se sientan demasiado lejos. Conversaciones extrañas, sin sentido, al menos ahora para mí. Conversaciones que mantuve en la Universidad y que ahora me parecen lejanas y demasiado abstractas o, mejor dicho, superfluas. Perfiles, utilidad de la Psicología, aprovechamiento de los conocimientos, manipulación, persuasión.  Cuánto daño el capitalismo, el liberalismo, el neoliberalismo, el esclavismo, el todo vale, el fin justifica los medios, el usar por encima de la propia persona.  Lo superfluo. Lo que se desvanece. Lo estereotipado. El producto sin necesidad alguna.

El bus sale a las once, lo pierdo por esperar a que J.A. se compre una maldita hamburguesa. Pillar el de las doce que me deja a veinte minutos de casa. Bajarme, tras una hora de viaje, en una gasolinera en las afueras frías y lluviosas de Y. Son las una. S. sale del bus delante de mí, no saber que S. es S. hasta que me pregunta ¿Alguien viene a recogerte?, mi temblorosa y resignada respuesta: No. Entonces te llevamos mi marido y yo a casa, contesta S. antes incluso de presentarse. 

S. me hace sentir el calor de una humanidad que a veces se me presenta extinta. Me hace sentir que existen personas que aún son capaces de dar sin esperar nada a cambio. ¿Bondad?, no lo creo, en verdad creo que es calidad del fondo de las personas que han sabido conservar las redes de apoyo y solidaridad. El reconocimiento mutuo en las otras. Hay luz. No todo es la inmensa selva. 

Hoy llego a casa menos tarde de lo que podría haber llegado. También llego a casa con algo más de paz. Echaré de menos a J., aún siento su olor impregnado en las sábanas, su calor en la distancia, otra luz en la selvática oscuridad.  

viernes, 15 de septiembre de 2017

Otra vez el sueño...



Agoera

Otra vez el sueño, el dolor en las tripas, la debilidad en las piernas, la angustia, el decaimiento, los huesos calados. Ha abierto los ojos de golpe, el sudor frío bajando por su frente ha llegado hasta la clavícula. La cama es grande y solo encuentra copos de nieve  por todas partes.

Hace tiempo que siente que no puede hablar, que su voz se ha hecho pequeña dentro de sí, la perturbación cada noche la lleva a tener estados catatónicos de nostalgia y melancolía. Dolores propios y ajenos se le incrustan en el cuerpo. Escenas de amores, de hombres que ya no existen, de mujeres que no le pertenecen. Las secuencias son tan reales que al día siguiente tiene que borrar con amoniaco la película grabada en su mente. ¿Cómo hacer para no soñar? ¿Qué hacer para no reproducir cada uno de sus miedos, inseguridades, angustias?

Esta noche el sueño ha sido claro y nítido, otra vez. El bar, la mujer, el hombre, la palabra. Los ojos llorando como si fueran los ojos propios. Los celos, el miedo, la indiferencia. La mujer le dice al hombre que ya no puede más, que el infierno habita dentro. La mujer le dice al hombre que no soporta el silencio, la rudeza, la falta de caricias. La mujer le dice al hombre que no aguanta su falso amor, su amor a medias, su amor a ratos, su amor caduco, su amor edulcorado. El hombre la mira con asco y pena. La mujer se retuerce. Aparece otra mujer. El hombre mira a la otra mujer. El hombre se va con la otra mujer. En el bar, la mujer se queda sola con los brazos flácidos y sin fuerzas mientras el mar empieza a formarse ante sus propios pies.

Hace apenas unos días el sueño tenía otro rostro, otro hombre, otro nombre, otro acontecer, igual de vivo, igual de hiriente al abrir los ojos. Hace apenas unos días, el beso, la mano acariciando la espalda, el inhalar del olor corporal, el abrazo arropando el desconsuelo. El escalofrío al sentir el tacto de sus piernas, las de él, con las piernas de ella, de su cuerpo entero, el de él, con el cuerpo de ella. La arena tostada cortando la piel al desvanecerse el instante preciso. Hace apenas unos días abrir los ojos e inhalar un suspira de desconcierto, apretar las manos y retirarse el sudor caliente entre las piernas, después el brotar de las lágrimas hasta su barbilla.





lunes, 19 de junio de 2017

El hombre con el que me pasé...

 
Fotografía de Jean Moral.

Una vez escuché hablar que el hombre con el que me pasé cinco años de mi vida había vivido en Chicago. Por lo que decían tuvo que salir a prisa ya que era perseguido por una mafia de gángster a la que perteneció desde joven. Cuando lo conocí me contaba historias que hacían referencia a la Ley Seca y los calvarios que tuvieron que pasar los contrabandistas para poder servir bebidas a los bares estadounidenses. Me relajaba escucharlo contar esos relatos que parecían fábulas inventadas. Nunca pensé que todo había sido parte de un pasado que ya le quedaba demasiado lejos.

Yo por aquella época regentaba un circo de cebras salvajes que me domaban cada noche. Vivía en Rusia y había escapado de él cansada de no tener qué llevarme a la boca y de todas las palizas que recibía. Las cebras exigían de mí más de lo que yo podía pedir de ellas. El espectáculo consistía en salir a la pista y dejar que ellas danzasen sobre mi cuerpo ligero y pequeño. Cuando conocí al hombre con el que pasé cinco años de mi vida presumí de ser una gran domadora de cebras... no le conté toda la verdad, odiaba el arte de la doma. Además yo había sido "rescatada" de las calles de Petersburgo por un hombre corpulento que la primera noche me violó y me obligó a trabajar en su compañía. 

El hombre con el que pasé cinco años de mi vida tenía un nombre parecido al de las bandas de rock que nunca escuché y me miraba con ojos nobles. Una vez le vi llorar. Una vez le hice llorar. Después de ese día todo fue un holocausto de sentimientos chocando los unos contra los otros hasta acabar por destrozarnos la carne viva. Volvíamos a esquibar el golpe mortal que acabó con nostoros.

Aún ambos seguimos preguntándonos qué ha de ser del amor solo que ahora dormimos demasiado lejos para darnos una respuesta que nos satisfaga. Con demasiado frío. Con demasiada angustia.